De Manchester a La Oroya: Un viaje al nido de Los Cuervos

Una generación de melómanos en los Andes, donde la evocación del Manchester de Morrisey ha sido el soundtrack de la minería peruana del último siglo. Una historia desbordada por el plomo en la sangre de sus pobladores como por la música new wave. Su legado, encabezado por Los Cuervos, se muestra hoy como una opción para salvar de la asfixia a una de las ciudades más contaminadas del mundo.

 

Y aquellos que eran vistos bailando,

eran considerados locos por quienes

 no podían escuchar la música.

Anónimo

 

1. Alguien voló sobre el nido del cuervo

Aquel adolescente es ahora un hombre grande. Aunque este todavía no sospecha su grandeza.

Ha llegado mascando un chicle infinito. Está inundado de oscuridad, el jean, el polo, el pelo, su mirada. Me ofrece su mano de bajista retirado, largas salchichas que anhelaría un proctólogo. Él no sabe muy bien por qué está aquí, pero muchos en una publicación en Facebook lo han invocado; lo han declarado irrefutable. Alucino algún sound track para este encuentro ¿musical? Pienso en More you live, more you love de A Flock of seagulls, pero mi personaje que ahora frisa el metro ochenta, tiene su propio repertorio. Apoya su clásico Reebok negro sobre el brazo de la banqueta y se encorva para abrir la lata de cerveza que compró en la licorería El Tigre. Esta noche hay un tributo a Los Violadores en el Bauhaus de Huancayo. “Ah, Stuka – dice con nostalgia refiriéndose al guitarrista de Los Violadores–, una vez le hice taxi y terminamos en una bomba”. 

Alguien llama a su celular. Contesta. “Dime. Ajá. Un periodista. Iremos al tributo”.

Cuelga.

–        The Crows o Los Cuervos – empieza a declarar con tono aristocrático – éramos un grupo de chicos que se dedicaba a escuchar música.

Fin del reportaje.

El hombre grande acaba de resumirlo. Eso es todo. ¿Qué más? ¿Por qué habría más? Todos los adolescentes escuchan música. En todos los lugares del mundo. ¿Los hace especiales escuchar música? Bien pudieron haber sido un grupo más “productivo”: un equipo de fútbol, una junta de poetas, o quizá un club de exploradores, tal vez eso tendría más sentido; incluso pudieron formar una banda verdadera de música, pero no. De pronto, estaban ahí diez, doce, trece muchachos haciendo lo que millones de jóvenes entre 1980 y 1990 hacían al frente de un equipo estéreo pero… sin escuchar, sin vivir, sin amar, more you live, more you love. Y ese era el asunto, lo extraño, lo especial… o lo que sea que me atrajo hacia el nido de Los Cuervos.

Koki Flores es el nombre de este hombre. Si hoy declarará sobre Los Cuervos me pregunto si ha traído el pico afilado para arrancarme estos ojos mundanos. Ha venido arrastrando oscuridad, picoteando respuestas para un reportaje que no parece despertar el interés público. Desde que la prensa peruana relata cada tres o cinco años sobre un nuevo grupo de niños contaminados con plomo en La Oroya, ninguno se empeña en hablar algo más sobre lo que se dice y respira allí.

–        Entonces la gente nos dijo ustedes parecen cuervos – continúa –. Yo soy un cuervo.

Sí, tú, Koki Flores, y el resto de muchachos que comentaron la publicación en Facebook y mencionaron que si existe alguna persona que debe saber qué pasó entre 1983 y 1985 en una pequeña ciudad enclavada en los andes peruanos, a 3750 m.s.n.m. y de casi 13 mil habitantes, que han vivido respirando por décadas los humos de una de las fundiciones más grandes de Latinoamérica, debías ser tú.

***

Una tonelada de historiadores ha explicado lo que pasó entre 1980 y 1992. Todos concluyen que fueron los años del horror en el Perú. La Oroya, esa pequeña ciudad que es cruce de caminos hacia Huancayo, Tarma y la capital, Lima, también fue parte del fuego cruzado. Carlos Chuquimantari, historiador oroyino, señaló que fue su cualidad de ciudad-empresa la misma que atrajo a los terroristas para hacer su “revolución”. Las muertes de muchos líderes sindicales, las extorsiones y el robo de dinamita para los fuegos artificiales del terror fueron el telón de fondo para el acto de la militarización.  Mientras en Lima los vecindarios se quedaban en penumbras tras la caída de una torre eléctrica, un campamento en La Oroya podía darse el lujo de encender sus luces como si fuese Navidad. La refinería metalúrgica más grande de este continente contaba en ese perímetro con cuatro centrales hidroeléctricas.

Koki Flores recuerda muy bien esos años, pero no con agrado las navidades. Sus padres habían llegado a La Oroya contratados como maestros de escuela por la Centromin Perú. Recibieron un piso, servicios básicos, provisiones, vestido y transporte por parte de la empresa. “Durante esos años no había mendigos en las calles”, señala Koki, y “mientras había humo, todo era felicidad”, dirá Málu, un DJ oroyino que fue testigo del vuelo de Los Cuervos.

“Me iba en Navidad a Lima”, recuerda Koki, mientras miro bajo la banqueta una fila decapitada de latas de Pilsen. Y fue entre esas vacaciones colegiales y los últimos días de 1983 que un adolescente prisionero entre cerros y chimeneas recibe de Lito, su primo, un regalo: casetes y betamax con música grabada. Después de escuchar Don’t Change de INXS, Caterpillar de The Cure y More you live, more you love de A flock of Seagulls, al jovencito le valió igual si entre pista y pista se colaba alguna cuña de radio Doble Nueve o la publicidad de Canal 27-UHF.

Entonces cogió el explosivo. Volvió por esa carretera que dicen es la más difícil de conducir en el mundo y serpenteando 200 kilómetros de trochas sobre la carrocería de un camión con pollos y frutas, atizó a lo lejos la chimenea de la Centromin Perú arrojando volutas de humo. Bajó con el cuerpo doblado, pero con la mochila y los explosivos. El chófer, ni la policía, ni los militares, ni el mismo Koki se habían percatado que una revolución aparte estaba a punto de estallar. ¿Las víctimas?: los oídos de tres generaciones de jóvenes.

2. De Manchester a La Oroya

Jechus, el gordo Jechus tenía una fonda en Marcavalle. Muy concurrida por camioneros, comerciantes y funcionarios de medio pelo. Jechus, catalogado como el mejor que vestía entre Los Cuervos, pero el que peor sabía de música, invitó a la hermandad para escuchar a los ideólogos de la revolución. No llegaron a la fonda los 13 cuervos que conspiraron a finales del año en el colegio José María Arguedas, creada también por la minera Centromin para recibir a los hijos de sus empleados. Mientras los militares peinaban los andes de Ayacucho en busca del terrorista Abimael Guzmán, en el centro del país 13 muchachos: Jechus, Marvin, Luigi, Denis, José, Paúl, Vladimir, Edwin, Koki, Oscar, Toño y Fernando se adoctrinaban en el arte de la música new wave y reverenciaban a los dioses de negro surgidos en Manchester allá por los 70.

Si Abimael Guzmán se creía la cuarta espada del comunismo, Koki Flores hubiese sido identificado como la segunda voz de la new wave en los Andes. Casi nunca coincidían los 13 en la fonda del gordo Jechus, pero una élite ya se hacía reconocer ante las miradas extrañas de los vecinos y los obreros de la Centromin. Su revolución era abierta. “Un chiquillo, casi asustado, se acercó a nosotros y me dijo qué chévere tu gorrita – era una gorra de beisbol estilo los Yankees, recuerda Koki Flores–, ¿podrías venderme una?”. Y le dijo que no tenía a la venta, pero que si encontraba alguna se la daría. Por entonces, vestían de jean. “Todo era Levis, pantalones, casacas Levis”, agrega, “y la podías sacar con la ficha de tu viejo en la Mercantil o el Club Americano”. Parecían unos cowboys en Ciudad Gótica. Eran los rezagos y la herencia de la cultura norteamericana que había llegado a La Oroya hacía 1901. Los gringos que no solo dejaron campamentos con casitas tipo Standard, bosques de pinos, ferrocarriles, clubes y palabras como watchman (guachimán, ahora) y staff, sino también mucho de sus pasatiempos como el golf, el básquetbol y los bolos, fueron la sospecha de la semilla musical que se gestó durante las campañas de Los Cuervos.

“Eso es mentira”, dice Luis Deza, un hijo del staff de empleados de la Centromin Perú durante los años setenta, “yo viví en Chulec y las fiestas que hacíamos en el Club de Boys Scout se tocaba música británica, Led Zepellin, Pynk Floyd, Black Sabath… Recuerdo la canción del emigrante”. Al compás de esas guitarras pesadas, los gringos que habían emigrado a La Oroya vendían todo al enterarse que un tal Velasco Alvarado les había propinado un kiss ass a sus paisanos de la International Petroleum Company, en Talara. Entre esos objetos que los últimos yanquis vendían a los peruanos de Chulec, Deza encontró precisamente el vinilo en el que figuraba la canción del emigrante. Años después, el mismo Deza se convertiría en un emigrante ante la agonía económica de La Oroya.

“Así es”, acepta Koki y otros dos nuevos amigos que se integran a la conversación con una botella de ron para preparar la noche en el Bauhaus, “en La Oroya habían algunos que escuchaban rock progresivo y heavy, pero eran pocos… y dudo que sea influencia directa de los gringos…– se acomoda el mechoncito con esa manota de bajista retirado y echa una pitada en dirección a un grupo de jóvenes reguetoneros que, de rato en rato, ponían el rostro de qué mierda están hablando estos tíos. No, de ninguna manera. Ahora si tú quieres creerle a la cojuda de la Karla ese rollo de los gringos, allá tú”, concluye y echa otra pitada. Koki se refiere a Karla García, la vocalista del grupo de synth pop Irinium, quien dio una entrevista a un canal de música por cable y se viralizó por YouTube. Fue algo que Los Cuervos hasta hoy no perdonan de la chica que mencionó que fueron los norteamericanos los que dejaron la influencia musical en La Oroya. “Esa huevona estaba jugando con muñecas, mientras nosotros ya escuchábamos wave”, agrega Rony, chaqueta de cuero negro, pequeño, uno de los amigos de Koki que había llegado para ajusticiar a los desorejados, su rostro cada vez que puntualizaba sobre géneros y bandas era la réplica del meme viral “joder, esto sí es cine”, incluido el cigarrillo en la boca.

“En las exposiciones de pintura que hacía me hablaron de Irinium – comenta, emocionada Rocío Riesco, la sobrina de Laura Riesco, una de las escritoras más famosas del Perú por su obra Ximena de dos caminos, ambientada en La Oroya–. Unos amigos me hablaron de ella y su música”. Rocío es pintora. Ha retratado varios lugares de La Oroya y recuerda muy bien su adolescencia allá. Como su tía, la famosa Laura, Rocío insiste en que antes de Velasco y el “yanquis go home” a los dueños de la Cerro de Pasco Corporation, todavía se sentía ese distanciamiento, esa frontera invisible de las dos culturas staff y obreros, y una tercera de los “verdaderos extranjeros”, esos peruanos de la zona de Marcavalle que llegaron con negocios propios, una gasolinera, un salón de belleza, un lavadero, o la fonda de los padres de Jechus. ¿Y qué hay de Chulec? El vecindario más gringo y colorado de toda La Oroya. “Recuerdo a los Frazer, Jonhson, los Beatles en los tocadiscos, el agua de caño que reemplazaba al licor en nuestras fiestas de adolescentes, escuchando Let it be con los hijos e hijas del staff o también conocida como “planilla en dólares”. “Te diré – agrega orgullosa – mi padre fue el primer peruano en cobrar en dólares, aunque por una confusión”.  Entonces compartieron tanto que hoy en día se puede encontrar oroyinos bautizados con nombres ostentosos como Robert, Kennedy o William. It´s not unusual, como diría Tom Jones, en el tocadiscos favorito de Rocío, que no haya registro de algún gringo con ganas de escuchar post punk o new wave mientras ellos estaban en su California Dreamin’.

Aunque la empresa norteamericana había llevado toda su cultura, La Oroya se encontraba más cerca a los gringos de Manchester, en Inglaterra. Más de 10 mil kilómetros de Lima en avión. El parecido espacial que tienen ambas ciudades durante su apogeo industrial es innegable. En los primeros segundos de How soon is now? de The Smiths, el video abre con una panorámica de chimeneas y humo, mucho humo, fábricas y avenidas grises, gente embozada en sus lamentos de obrero, entre bloques de concreto, viviendo bajo tejados de dos aguas y un capote plúmbeo y siempre dispuesto a mojarlo todo. Uno que va de Lima hacia La Oroya podrá reconocerla por sus viejos pinos bordeando la Carretera Central, por sus enormes cerros blanqueados por las lluvias ácidas que muchas veces denunciaron los indigenistas allá por 1930, y luego el río Mantaro emitiendo su sinfonía contaminada de escoria, todo esto acompañando al viajero que ha tocado las puertas del cielo y ha aguantado el terrible soroche que provoca la cordillera de Los Andes. En el 2014 el grupo de post punk ruso Motorama llegó hasta La Oroya. Sus integrantes acostumbrados a las gélidas estepas fueron vencidos por la altura, uno de ellos, cuenta la banda limeña Zoom que los teloneó, tuvo que echar mano de una maquinita de oxígeno para recuperarse. Realmente valía la pena cantar una canción como Alps en un lugar como ese. 

“Koki y Los Cuervos habían sembrado esa costumbre de viajar a Lima para encontrar las últimas novedades en música”, recuerda Málu el DJ que ahora pincha “música de La Oroya” en locales del centro de Lima como el 634, “me acuerdo que la vez que traje videos de The Smiths, que por entonces era novedad y no como ahora que cualquiera puede creerse Morrisey y andar con copete y gafas hípster, veíamos cómo los Smiths andaban en las calles de Manchester en bicicleta[1], en callejones, tiendas y fábricas abandonadas… y yo dije, putamadre, eso es La Oroya”.

3. La Cabaña

Si uno quisiera hacer negocios en La Oroya debe considerar la posibilidad de estampar en su logo comercial las dos chimeneas de la empresa, aunque solamente quede ya una de 167,75 metros. Es que no se puede dejar de concebir una Oroya sin sus oficinas y talleres metalúrgicos, sus cerros pelados, su ferrocarril, sus campamentos obreros o la calle Darío León, una vía estrecha de un solo sentido, nombrada así por el hombre que murió en la construcción de una de las chimeneas de la fundición. Alguien alargará el cuello, desde una ventanilla empañada por la transpiración de cincuenta pasajeros en el bus, y divisará hacia la derecha y observará un puñado de carpas azules y comerciantes que se multiplican hacia una cuesta, más allá una fila de casas mustias y perros y gatos dormitando en sus pórticos de hojalata. Pero el observador ha pasado en mal momento. No es viernes, ni sábado. Tampoco se ha marchado el sol. En la mitad de una pendiente que se dirige hacia lo más alto de La Oroya antigua, una solitaria discoteca abre sus puertas los fines de semana. Es el negocio de un hombre con apodo de lepidóptero.

Papillon (mariposa en francés), o Papi para los amigos, es el dueño de La Cabaña. Un pequeño refugio para los que desean escuchar música new wave, post punk, indie, rock y, últimamente, synth pop. Grupos de cuarentones, con obligatorio traje oscuro, gabán, botas o zapatillas negras, algún polo del álbum Unknown Pleasures o de The Smiths, peinados de búho a lo A flock of Seagulls, o lo que pudo hacer la peluquera, y las chicas con vestidos de látex cortos o chaquetas negras, pintadas los ojos a lo Roberth Smith, o a lo que humildemente pudieron hacer con sus maquillajes de catálogo, aparecen solas o emparejadas con otras chicas, siempre divinas y saludando a Papi con un beso en el cachete. Ahí están las Chinitas, hace mucho que no habían vuelto para una fiesta de Año Nuevo, mua, para Papillon una vez más, mua, mua, para la novia de Jim, el hijo de Papillon, mua, mua, para la hija de Papi y, triple mua para Mamilona, la esposa del dueño de La Cabaña.

Han llegado tras las Chinitas dos jóvenes, casi adolescentes, y Papillon les ha pedido el brazalete que asegura su pago de entrada, los chicos no están de negro, pero dicen que han venido a celebrar, a escuchar OMD, Elegant Machinary y Waltinz Alone de James, considerada como un himno de La Oroya. Papillon aprueba el ingreso. Le dice a su esposa con una seña que atienda a los jovencitos, la mujer con toda su enormidad sale a recibir a los clientes que piden a James, pero aquí también se ha venido a tomar así que toda canción sale con una cerveza o calientito[2] de por medio. Acceden. Luego salen a la pista la hija de Papi y su nuera a bailar Kiss of Love, solo la novia de Jim ha venido con el outfit del evento, la hija de Papi, en cambio, vestía un pantalón blanco que la ponía en el centro de las miradas. La música se impregna en sus movimientos, sus piernas, sus caderas:

I felt the sun on me

(quieta la cintura, la cabeza a la izquierda y la derecha, mirando a nadie)

Made me see something I can't explain

(echa el pelo hacia adelante y vuelan las notas del sintetizador,

 mientras sigues en el vaivén)

Something in the wind

(tus piernas retumban con el taconeo de tus botitas a lo Enma Bobary,

siguen el ritmo, uno, dos, uno, dos, de la batería electrónica)

Calling my name

(y entonces, bella, quiero saber tu nombre)

 

“Es una forma de animar a la gente”, dice Mamilona, mientras aplaude la canción, sus manos a falta de cintura o por el desborde de ellas, reemplazan la exhibición de su hija y su nuera. La gente empieza a subir, dos chicos quieren bailar con la hija de Papi, pero dicen que mejor a la otra canción, o sea lo de siempre. Solo un periodista dejando de grabar y tomar fotos se lanza antes de que termine Kiss of love, la chica sigue en su mundo y al finalizar le dice: “Esto sí que da sed”. ¡Mamilona, yo invito!

Es la noche previa al Año Nuevo de 2019 y Jim Pérez, el hijo mayor de Papillon, se ha subido al tercer piso de La Cabaña para reproducir las pistas y preparar el escenario para una exhibición de su hermano, Elvis Pérez, odontólogo de profesión, outfit de color, gafas y un peinado a lo Loquillo y los Trogloditas. Prueban la batería, el bajo, las guitarras, hola, hola, sí, sí, buenas noches, sí, uno, dos, bienvenidos a La Oroya, y Jim le lanza un fondo musical para asegurarse, suenan los pitidos de fábricas inglesas, los ocho primeros pitidos en Everything Counts de Depeche Mode, y Elvis suelta, uno, dos, bienvenidos a La Cabaña Oroya Manchester, sí, ¡Manchester La Oroya!

Como en los viejos tiempos en Manchester, alguna vez bajo su cielo gris y huérfano de estrellas porque varias de estas habían caído sin mucho estrépito en los primeros años de 1980, cuando al otro lado del mundo Koki Flores y Los Cuervos aún iban al colegio y no soñaban con chaquetas de cuero, Levis, ni betamax, ni hembritas de Mayupampa, Chulec, Huampani y una sobredosis de Boys don´t cry, la escena inglesa se consolidaba en La Hacienda, y llegaban esos pequeños meteoritos a mostrarse, catapultándose bandas como Joy Division y luego New Order de la mano de Factory Records, y cuyos fundadores tuvieron la idea de construir ese club bajo la premisa «Para devolver a la ciudad lo que os ha dado». Y ahora aquí, muchos años después de Los Cuervos, Papillon gozaba de los frutos de una idea tan patriota, visionaria y similar a la de los dueños de La Hacienda.

Un día, por los años ochenta, un ingeniero vino con un casete, no recuerdo el tema ahora… Me dijo que, si ponía eso en la máquina, me aseguraba la tomadera con sus patas…Y…y ya, pes. Como estaba cansado de que en mi local los chicheros venían más a pelearse que a tomar, y como estaba vacío esa noche, coloqué el casete, los ingenieros eran tranquilos, chupaban, chupaban, y no buscaban pleito y entonces le dije a mi señora, mira ve, este es la tercera vez que vienen para tomar con esa música ¿qué te parece si? Y así se fundó La Cabaña, esta cabaña, por su forma de cabaña y porque estaba en otro lugar, porque aquí en Darío León llevamos unos años, pero La Cabaña desde entonces alternaba con new wave, rock y chicha hasta que nos centramos solo en esto.

Pero antes era mejor. Venían desde Lima y otros países en fechas especiales, la gente cuando aún estaba la empresa Doe Run frecuentaba la zona, teníamos acogida, se gozaba más. Cuando la empresa se fue, la gente se largó. ¿Y qué hay entonces con este tipo de negocios? Eso no sabe pensar el gobierno, los alcaldes, que esto también es cultura o ¿no? Porque, dime tú, ¿dónde has visto que la gente se reúna para escuchar estas músicas en la sierra, en la selva? No hay. No hay, pes. Por eso alguien le dijo Manchester, como Manchester parece La Oroya y no solo por la música, sino porque hay objetos, retazos de lo que alguna vez fue esta parte de La Oroya antigua, con gringos, fiestas, servicios básicos, hospital con cirujanos, autos de lujo, humos y mucha plata. Si tu caminas por la vía del tren, por ese lado de los pampones, comprobarás que toda La Oroya es un museo. Los objetos que te digo están ahí en la intemperie. Cuidado con tropezar con los alambres y estacas, parecidos a tocones que salen de la tierra, los restos de una señal de trenes, una caseta, una pata de algo metálico y ahora oxidado. Debajo de los pequeños puentes, en medio de la basura acumulada por años que los perros hociquean yo descubrí documentos escritos a máquina, con membretes de la Cerro de Pasco Corporation, retazos de las revistas El Serrano y Centromin, bolígrafos brillantes, piezas de primus, de tocadiscos, de porcelana agujereada, retazos de overoles cuyo color y grasa no se han borrado con el sol ni la escarcha. Esa es La Oroya, joven, un museo viviente.

Lo que te dijo Papillon en parte es cierto sobre la fundación de La Cabaña, dice Adolfo Doch. En parte. Y de pronto salta Rony, el de rostro de meme, pequeño y tajante. “La Cabaña era un chichódromo, o no ¿Doch?”

Espera, espera, ¿por qué Doch?, le pasamos la chata de ron, sorbe un trago, y confiesa que la política le había hecho mierda, volvía de una larga campaña regional, que por hoy no quería hablar de eso aunque Koki y Rony le decían señor alcalde, señor regidor, señor político. Doch.

A ver. ¿Por qué Doch? No es por el carro Dodge, ah, como muchos piensan. Doch es un sobrenombre que me pusieron desde pequeño en La Oroya, cuando la gente venía a la zapatería de mi padre y me preguntaban mi nombre, yo como no sabía pronunciar Adolfo, decía, Doch, Adoch, Adoquito, y desde ahí me dicen así. Doch. Incluso Papillon me llama así y él sabe que La Cabaña no empezó así. Fue entre 1995 y 1996, yo llegaba con mi flaca desde Lima, un martes, buscando algún local por Darío León, puro chicha había, pero ahí estaba el local de Papillon y su hijo Jim, que para entonces, el muy pendejo, ya se había grabado algunos casetes que le traían Los Cuervos. No era como lo pinta que los ingenieros, esos no escuchaban nada, ya no había ingenieros y menos gringos en La Oroya. Le entregué un casete y Jim ya lo tenía, lo pirateaba, y así se formó La Cabaña, ahora sus hijos del Papi han aprendido más, se han culturizado musicalmente y le han puesto a La Oroya “La capital del Synth Pop”.

Espera, espera, Doch. Pero Maluco, DJ Malu, habla algo en defensa de nuestro querido Papillon. Dice Malu que era de los pocos locales después de El Árabe, El Stronger o las fogatas que se prendían en el cementerio de Marcavalle.

El bar de Papillon tenía buen sonido y eso nos gustó – declara vía Meet DJ Malu, Roberto Cirineo Guerra. A Koki Flores y Los Cuervos los conocí en el billar de Pepe. Buen jugador, solo superado por el gordo Jechus. A Koki también le decían Negrito. Buen tipo. Buenos gustos musicales. La mayoría del soundtrack de La Cabaña, en sus inicios, fue armada por Los Cuervos y se alimentó de varios, incluso de mi generación en los noventa. Los Cuervos eran una especie de brigada filantrópica, compartían su música y casetes. Uno enchufaba la radio en los postes con tomacorrientes de los blocks de los obreros y podías escuchar una novedad en la calle, junto a los amigos y un cigarrillo mudándose de mano a mano. Hacía frío, como todos los lugares de la sierra. Pero ahí se encendía la ilusión y te abrasaba la oreja mientras el carrete del casete giraba en tu equipo Sony y, ¡pum!, algo nuevo, una caleta. ¿Has escuchado esta caleta? No ¿De quién es? Son de la putamadre. ¡Hey, escucha esta caleta! A ver. ¡Pum!¡pum! De la reputamadre. Ese era el feeling. Las ganas de sorprenderte. Y los reyes de las caletas por supuesto que eran Los Cuervos y luego estaban otros grupos que fueron poblando La Oroya, los Zegarra con el grupo Cleopatra, bien darks ellos; los Pillcos y su influencia punk en La Oroya antigua, después Los Gatos, Los Chatos y todas las manchas que iban trayendo sus propias caletas. De todos ellos, Papillon ha bebido algo y, al revés, todos hemos bebido en Papillon.

Regresamos a la noche previa del Año Nuevo. Ha terminado Kiss of love y la hija de Papi no se ha detenido a beber. Su cuñada tampoco. Pero han logrado que el cliente “emblemático” de La Cabaña abandone su celular y una conversación anodina. Está en el medio de las dos, da todo de sí, canta cerrando los ojos, y de pronto ha crecido, su rostro es más afilado, la barriga se le ha subido al pecho. La timidez es una nota disonante en esta pista de baile.

Papillon vuelve de la puerta de ingreso. Casi salta de dos en dos las gradas. Otea el segundo piso: las Chinitas siguen bailando solas, al cliente emblemático le siguen creciendo más cosas, los chicos de la barra piden Nosferatu, no les basta con Caifanes, aunque les peinen el alma. Se lanza al tercer piso, estira el cuello arrugado de tortuga: su hijo conversa con los músicos, Jim está en la cabina ocupado. En una esquina, el urinario está ocupado por un borracho. Papi le toca la puertita de triplay. ¿Todo en orden? No quiere ensuciarse las manos con problemas. Ya ha tenido bastante con darle un par de cabezazos a unos marihuanos. Pero, aquella noche, varios fumamos en el callejón aledaño a La Cabaña, porque siempre estaba cerrada la puertita de triplay.

– Ya no es como antes – dice Papillon, mientras se pasa una mano por la superficie de su calavera.

Se consuela con la historia de los marihuanos. Los hizo rodar por esas escaleras escandalosamente empinadas de La Cabaña. ¿Para qué traer droga en un lugar donde sobraba la adicción musical?, parece meditar Papi. Ya nada es como antes. Después de medianoche, mientras Elvis Pérez toca con su banda y otros novatos los rellenan, Mamilona cuenta las cabezas. A diferencia de otros años, la concurrencia ha disminuido abruptamente. Eso sí, siempre contaremos con los emblemáticos, pero no basta. La Cabaña no es un club de filantropía. Entonces Papillon recuerda La Oroya antigua y se empecina en los gringos, en la Centromín, incluso en la Doe Run, antes de morir asfixiada por la deuda ambiental y piensa en hacer resurgir su discoteca, ahora con Jim, con Elvis, con sus hija y nuera atrapando miradas. Incluso ha mandado a hacer un logo (con la chimenea, por supuesto) como fondo de agua para las proyecciones de los videoclips en la pantalla led de su televisor: “La Cabaña - Oroya Manchester”. Entonces vuelve a descender al segundo piso y la puerta principal, sigue vendiendo entradas. Todavía hay esperanza, son las 2 de la mañana. Un vaho pesado y casi como una sombra repta por las escalaras. No son los espíritus de los gringos, ni obreros, ni ingenieros de la Centromin, no son los nuevos humos de una probable resurrección económica. Son solo los humos que un día vinieron y nublaron los ojos de miles de hombres como Papillon.

4. ¿Suedehead’s en La Oroya?

– Siempre te veo con hembritas, ¿acá hay fiestas? – preguntó el teniente Burgos.

A mediados de los ochenta, en Los Diablos Rojos, un local de la calle Lima en La Oroya antigua, un par de robles en borceguís y pasamontañas custodiaban la entrada, fusiles en ristre. Habían llegado por órdenes de Burgos para ver con los ojos cristalizados de frío un poco de los monumentos de hembra que el teniente les había prometido. Pero fue todo lo contrario. Nadie entró. Quien sabe si adentro les esperaban cinco cachacos, ¡sorpresa!, un sello en la libreta militar y pa’ adentro para servir a la patria en Ayacucho, el peor lugar para ser un militar durante el terrorismo. Adentro del local, Koki Flores con el mechón descolocado por el vaho de las colillas aplastadas en sendos vasos de cerveza a medio terminar. ¿Pero a quién carajos se le había ocurrido hacer una fiesta en pleno toque de queda con dos milicos parados como pingas para asegurar nuestra integridad?   

La vez en que Burgos llegó endiablado a patear la tiendita de Hugo porque se escuchaba hasta la esquina los ecos de alguna “caleta” del new wave, fue útil tener a los militares de su parte. “Todos calladitos. ¡Shhh!”, musitaron Los Cuervos.

–        ¡Abran o rompemos la puerta! – amenazaban como perros, acostumbrados a olfatear la sangre y los hedores de los terrucos.

En ese pequeño espacio que dejaba el pasamontañas negro, donde los ojos solo se pueden leer con la memoria de la sinceridad, se colaba las puntas de unos bigotitos a lo Dali, que eran inconfundibles en el teniente Burgos.

–        Hola, Koki, ¿cómo has estado? – dijo el teniente más calmado, mientras buscaba dónde enterrar la cabeza.

La cuota femenina jamás fue más revalorada en La Oroya como en esos años. Definitivamente, dice El Dólar (Oscar Vila, uno de Los Cuervos no reconocidos por el tribunal institucional del estado mayor de Koki Flores), recuerda que las mejores hembras se apegaban a ese grupo de élite. La gente se abría de las aceras cuando los veían venir con el look a lo Ian McCulloch, o quizá porque eran los caballos que en las pistas de Echo & the Bunnymen, andaban sin cabeza y danzando, odiando todo tipo de falsedades en sus pequeños corazones quebradizos. Ese tipo de letras eran las que le fascinaban al Dólar, a Luigi, a Marvin y los cuervos que aleteaban en torno al new wave y el new romantic. “Nuestra mayor ambición fue un acto de rebeldía… Decir: oye, estoy aquí. Fue un tiempo en el que empezamos a descubrir muchas cosas”, relata Oscar Vila en 2022, cuchocientos años después en su clínica de fisioterapia en Lima, recordando las sesiones de garage en La Oroya, escuchando las caletas hasta el anochecer, con un trago en el barrio de Buenos Aires o en la casa de alguien en Marcavalle, alternando con el básquetbol, uno de los deportes que - ahora sí podríamos asegurar - heredado de los gringos de la Cerro de Pasco Corporation.

–         El new wave se hace más fuerte porque puede captar adeptos dependiendo de su estado de ánimo. Nosotros fuimos los primeros en poguear en La Oroya. No con metal, sino con new wave – dice El Dólar dentro de su oficina de consultas. La mascarilla que lleva aún nos recuerda la pandemia.

En la misma ciudad de Lima, el catedrático oroyino Joel Rojas, filósofo y creador del oxilator (occileitor), un instrumento “antimusical” que trabajaba con la luz y hacía sonidos “oxidados” fue abucheado por los niños del synth pop y la onda wave a inicios de los 2000 cuando este hacía aullar su creación en los conciertos performance en La Oroya antigua. Este hombre de letras nos habla, cual Diógenes americano, echado sobre su catre de metal como si fuera el diván de Freud, sobre el ethos oroyino entendido como una respuesta a lo que grupos como Los Cuervos, Los Gatos, Los Chatos, Los Pillcos, Los Cleopatra, quisieron definir en su momento con sus días, sus chancabuques y sus huesos rotos. El ethos oroyino, trata de explicar Rojas, murió en el momento en que alguien reconoció en el otro “un vacío en el aire metafísico que nadie ha de palpar / el claustro de un silencio que habló a flor de fuego”, como diría Vallejo, el poeta favorito del creador del oxilator, y concluyendo, como en el poema, que La Oroya, esa Oroya murió un día en que Dios estuvo enfermo (de los oídos).

Pero durante el apogeo de los ochenta, un heraldo negro y sus compinches se enfrentaban de la mejor forma al metal y la melancolía. Arrojados de casualidad a la hecatombe de Sendero Luminoso y la asfixiante vida alrededor de la metalúrgica más grande de Sudamérica, pensando en hacer la mejor fiesta, quizá la más alta de este continente. ¿Todavía los recordará el calenturiento teniente Burgos?

Como Toño Navarro estudiaba en un colegio high en La Oroya, las chicas más bonitas retozaban por ahí. Hijas de ingenieros peruanos y algunos extranjeros hacían ondear sus sedosas y rubias cabelleras frente a los ojos chinos de adolescentes a punto de estallar. Ahí estaban la china (apellido inaudible), la Buckingham, las Romero, todas amigas de Toñito, el íntimo de Koki Flores. Eran las primeras fiestas. “No lo hacíamos para vender tragos. Sacábamos impresos en papel azul y distribuíamos las invitaciones. La casa de Toño se llenaba con 20 o 30 personas, pasábamos new wave y metal”, rememora Koki, mostrándome una foto opaca de su Instagram.

Y el flechazo más importante de ese año no fue con una niña bonita del colegio Mayopampa. Fue un flechazo musical con el autodenominado “Primer Punk de La Oroya”, Luigi Huatuco, con fondo musical de Boys don´t cry de The Cure. Hoy este hecho parecería cursi, chato, rimbombante, pero imaginemos vivir sin Youtube o Spotify, sin nadie que nos pueda traer esa canción que escuchamos en la radio pero que nos retumba en el cerebro. Un amigo con un betamax en la mano en los ochenta era el mejor camino para escuchar una caleta y, por tanto, “uno era bien celoso por su música”, dice Luigi Huatuco, miembro vitalicio de Los Cuervos, “hubo sintonía musical a primera vista con Koki”.

Su padre trabajaba para los ferrocarriles de ENAFER. Esos convoyes que llevaban concentrados hacia el puerto del Callao desde La Oroya y que volvían de Lima grafiteados por pandillas del puerto que vivían otro aluvión musical llamado salsa dura. Pero aquellas pintas eran los únicos mensajes que intercambiaban esos peruanos de la costa y la sierra, tan cercanos y a la vez lejanos culturalmente.

El padre de Luigi, el padre de Koki, el padre de Doch, el padre de los Zegarras… Los padres en La Oroya. Y los padres de sus padres. Trabajaban. Y sostenían a la familia con la tarjeta de la empresa. Desde 1950 en adelante, la Cerro de Pasco Corporation instaló la mercantil, un lugar donde podías adquirir desde un gramófono Víctor hasta diez libras de carne de oveja raza Junín, aquella que mandaban a la guerra de Corea. Algunos lugareños podían fumarse una cajetilla de Malboro, como todo un cowboy, mientras miraban a los ganados esparcirse por las pampas de Puy Puy.

Luego la Corporation se nacionalizó, pero la nueva empresa, Centromin Perú, no retiró el crédito en la mercantil. Entonces los jóvenes y las amas de casa, seguros de que papá resolvería el asunto económico, podían abarrotar la despensa y el ropero. Probablemente Luigi Huatuco había comprado sus zapatillas Nike en la mercantil. Otro teniente, esta vez un tal Hidalgo, acorraló a los más bajitos: Toño, Jechus y Luigi. Les quitaron sus Nike, FILA, Reebook, y les mantuvieron mirando por horas las rugosidades de la pared de la carceleta. Un soldado manoseó su casaca de cuero negro. Nunca había visto una calavera con peinado de mohicano mirándolo con los cuencos vacíos, directamente hacia sus ojos. ¿Qué iba a saber ese soldado raso sobre punk? Dejó la casaca entre las pertenencias que les habían arrebatado a los tres rebeldes, para salir como una flecha hacia la puerta de la comandancia. El estruendo de vidrios rotos, una, dos y hasta tres veces reventándose contra las paredes preludiaban los pasos de un bárbaro. El teniente Hidalgo prefirió entonces conversar con el líder de Los Cuervos. ¿Había un líder? Koki Flores fue nuevamente reconocido. El rey de las fiestas infinitas. ¡Que salgan afuera esos tres!, ordenó el cachaco, mientras agachaba la cabeza y comparaba esas “tabas” pulentas del Negro Flores y sus borceguís deslucidos.

Las otras veces fue por gusto de joder. Los militares que habían sido expectorados hacia estas cumbres peladas, no comprendían por qué el uniforme era aquí una costra que le apestaba a las chicas. Los mercaderes, los choferes, los dirigentes de los sindicatos, los miraban también de reojo. Los informes de la Comisión de la Verdad y Reconciliación no tienen muchas páginas sobre atentados y masacres senderistas en La Oroya. Los milicos, sin embargo, anhelaban las fiestas, el trago y las hembras de los tonos new wave. Por eso, ahí estaba nuevamente Koki lanzando botellas al aire, y Huatuco y los demás parándole el macho a cinco o seis uniformados. Luego, Koki volviendo de no se sabe dónde con un bate de beisboll para aplastar cabezas y, finalmente, correr, correr, porque no quería despeinarse por un derechazo.

Porque a Koki sí le importaba la apariencia, recuerda Luigi Huatuco, desde una ventana de Zoom, mientras ordenaba a sus hijitos un poco de silencio. Un día alguien recomendó a Koki para un trabajo. Lo aceptaron y lo pusieron a trabajar. El primer día Koki llegó deslumbrante, enorme, avasallador con su peinado y sus botas punta de acero. La correa del jean escandalosamente grande como un modelo de Malboro. “No lo he contratado para que haga modelaje”, dijo su jefe al verlo y pensando ya en un reemplazo.

Tener y no tener siempre será el dilema. Y Los Cuervos, o la mayoría de ellos, tenían lo necesario. La mercantil, los padres trabajando para la empresa, las madres abriéndose por algún negocio, una herencia, las subvenciones, el tío que tenía un bar, una tienda, un restaurante. Estaban en el lugar de todas las gentes. La ciudad-empresa. Como decía DJ Malu: “En esos tiempos, no había mendicidad en La Oroya”. Aunque el horizonte estaba oscurecido por los humos de la fundición, en este pueblo se podía respirar aún un poco de humanidad.

5. La noche más larga

El reloj de la estación ferroviaria de la calle Lima se ha detenido a las 9 y 35. Si fue una noche, debió ser la más larga.

Una noche preñada de estrellas donde se puede distinguir el perfil de las cosas. Como los vagones que descansan cual cachalotes heridos a un costado de la repartición hacia Tarma y Cerro de Pasco. O como las paredes de Chulec, al otro lado del río Mantaro, que se funden con la luz de la luna. O más allá, el resplandor de las almas del Cementerio Americano construido junto con la company town y a donde hoy ni una rosa acompaña los restos de Bernad Colley, age 97, died, 1968; J.M Fontz, died 1933; Richard D. Allen, died1954[3], y solo el fiero ichu que ha rajado la tapa de las tumbas tiñe el campo de un color que se adivina tan triste como el olvido.

Por esa misma noche en que se detuvo el reloj de la estación (porque todos dicen que si hubiera sido de día alguien hubiese notificado a la empresa), se fueron mucha gente - además de los gringos - y sus hijos y sus nietos se mudaron hacia Lima, Huancayo o el extranjero porque fue una noche, debió ser una noche después del 2009, en que la nueva empresa que compró a la Centromin el complejo a precio de chatarra y no pudo más con la cuestión de los humos, de los ríos, de los campos y las denuncias por saturnismo, desdeñó al viejo reloj en sus 9 y 35 alargando la noche más oscura para La Oroya. Por esa misma estación, cuando todavía el reloj corría más allá de sus 9 y 35, Koki Flores, Luis Guerra y Toño Navarro aparecen con una maleta liviana listos para alzar vuelo hacia un concierto en Tarma. Son los hijos del plomo que también se van, se irían, marcando una época que, aunque las autoridades no lo crean, puede salvar a La Oroya de la asfixia económica.

Milton Marcelo en su artículo La Oroya: Ciudad y Patrimonio Industrial plantea rescatar la arquitectura de La Oroya y elevarla al nivel de patrimonio, dada sus extensas similitudes con ciudades industriales como la Industrial Village, en Inglaterra, la Cité ouvrieré, en Francia o la Arbeitersiedlung, en Alemania, y tan cercana a los ya considerados patrimonios industriales como Blaenavon Industrial Landscape o New Lananrk que atraen ingresos para los lugareños en Europa. La Oroya antigua y La Oroya nueva conforman un circuito de casi dos siglos de historia. La Cerro de Pasco Corporation (31 millones de dólares en utilidades en 1966) no solo ha significado sombras sino también luces que fulguran hasta hoy como sus barrios obreros, sus innovaciones agropecuarias, sus aportes a la química metalúrgica, a la exploración de yacimientos, a los estudios del mal de altura en el campo médico y una larga contribución que tras el relevo de la Centromin (Casi 6 millones de soles en utilidades en 1978), la Doe Run (398 millones de dólares en tributos al estado en la primera década del 2000) y ahora, en potestad de sus trabajadores, la Metalurgia Business Perú se proyecta a una sola opción: la resurrección del Complejo Metalúrgico.

***

Es un rectángulo de concreto, tiene ventanas de dos hojas enmarcadas en madera blanca, sus cristales están pegados con una masilla que se ha vuelto tan sólida como un hueso. De estas existen ocho en la segunda planta y otras ocho en la tercera. Una fachada simétricamente distribuida y que en un plano general enviciaría al director Wes Anderson tanto como su color austero. Esta construcción erigida al borde de la Carretera Central es conocida hoy como el ex Hotel Junín. Un recinto que nació por la explosión metalúrgica y el asedio cosmopolita alrededor de la company town, convirtiéndola para siempre en una “ciudad de paso”.

Sin embargo, el viajero que recorra La Oroya Antigua podrá ingresar a la primera planta del ex hotel Junín y observar un manojo de antiguallas que ha sido donada para rescatar la memoria de lo que realmente fue cien años de soledad ante las autoridades regionales. La última propuesta, señala el exjefe de la Gerencia de Cultura de la Municipalidad Provincial de Yauli y cuyo abuelo fue el primer fotógrafo de La Oroya, Wilmer Espinoza Orihuela, fue la del alcalde actual Edson Crisóstomo quien propuso remodelar el pequeño Museo Minero que la extinta Doe Run construyó como parte de su política de “remediación” social y ambiental. Sin embargo, la idea no prosperó porque no había un compromiso de cesión del lugar a largo plazo por parte de la Metal Bussines, cuyos propietarios actuales fueron los primeros críticos de las políticas de responsabilidad social de todas las administraciones pasadas.

Por entonces había 16 casitas de piedra que recibían como únicos ocupantes al viento y la helada – declara Wilmer Espinoza -, pero aun así la violencia del tiempo no las destruyó. El profesor que nos llevó hacia esa parte tan alta de La Oroya, desde donde se veían las dos chimeneas del Complejo como un par de cigarritos prendidos, soñó en voz alta con el día en que La Oroya juntase su capital arqueológico preinca y su época industrial en un recorrido turístico como una opción alternativa cuando se acabe la minería. Pero nada de esto ocurrió, ni por el lado de las autoridades ni por el lado de la comunidad que pudo recaudar unos soles por relatar a los visitantes la historia de las 16 casitas. Nada. Todo se quedó en ideas como se ha quedado este país. Desde entonces, recuerdo esa visita que hice de niño al mirador y no he dejado de pensar en el potencial de mi pueblo. Alguna vez hubo un intento más serio de salvar algo. Eso fue cuando se discutió sobre la importancia de la trucha arco iris en el Perú, introducida experimentalmente por los gringos de la Cerro de Pasco Corporation después de sus compras agresivas de haciendas destruidas por sus propios humos. Los gringos echaron los alevinos al río Casaracra y, mire usted, quién no ha visto en la pizarra de un restaurant peruano ofrecer la trucha frita con papas. Igual con el queso paria, igual con la oveja raza Junín. Logros que se pueden ventilar al mundo como el pisco peruano. Pero nada.

¿Tú crees entonces que alguna vez podría sustituirse los ingresos por la minería? – podría ser, pero cuando tú y yo estemos bien muertos –. Entonces crees también que el poblador oroyino crea en ello –. No sé hasta qué punto. Ellos no lo han visto con claridad, incluso cuando el alcalde anunció la remodelación del museo, saltaron primero los de la Empresa, quienes la compraron a nombre de sus extrabajadores, pero ahora es la más privada que todas las anteriores –. Es decir, ¿gente que jamás le importó otros aspectos más que el dinerario? –. Gente que viene a hacerse rico y marcharse, y luego la población mandó la idea al tacho por sentir una mezquindad más pesada que los metales pesados de la Fundición, y así…- Tú crees entonces… Tú crees entonces, tú crees… (Koki Flores, cree, Crisóstomo cree, Los Cuervos creen, el espíritu de Laura Riesco cree, y por qué no los mismos gringos hubiesen creído también. Yo – que no soy de allí – creo, y hasta tú, empiezas a creer).

El viejo reloj, circular y bordado de sedas arácnidas, empieza a correr 9:35, 9:36; 9:37 y los turistas que llegaron por la mañana atraídos con emprendimientos turísticos musicales como Resurrección Manchester u Oroya Dreams bajan a desayunar un plato de trucha frita con papas, luego ingresan a la estación de trenes, ven los cachalotes de metal retozando otra vez un sus playas de rieles, luego suben al bus y hacen travellings del ferrocarril con los barrios emblema de fondo (Club Peruano, Tras el mercado, Huaymanta, Buenos Aires, Mayupampa, Plomos, Amachay, cuyas viviendas obreras de algunas de estas fueron destruidas por la Doe Run en el 2000 bajo la premisa de “mejorar la ciudad”).  El chofer cien por ciento oroyino enciende Radio Ozono o Cinética y aparece como soundtrack Direct lines de Electronic Circus, ¡una caleta!, mientras desde los taludes del río Mantaro rebotan los golpes metálicos del complejo, y se funden al sintetizador del grupo, sonidos industriales que en su niñez escuchaban Los Cuervos sin imaginar siquiera que no solo se grababan para siempre esas melodías en el corazón, sino también el plomo y el arsénico en sus venas.

El chofer silva emparejándose a la voz del cantante, ve por el espejo retrovisor a un grupo de gringos sentados con la boca despegada, rememorando su niñez en Chulec y en el campo de golf, los hijos de los funcionarios yanquis nacidos en La Oroya son septuagenarios, pasan por el Cementerio Americano, dejan rosas, orquídeas y retratos, el ichu salvaje ha desaparecido. El chofer sonríe.

Por la noche, 9:37, 938, 9:39 los turistas quieren descubrir el rostro de la noche más larga. El chófer recomienda La Cabaña, quizá haya vuelto Motorama, quizá Dorian. Papillon ha rejuvenecido veinte años y su mujer mueve sus carnes frenéticamente para encender la hoguera de las vanidades. Suenan desde Krafwertck hasta Dolores Delirio. Vasos van, vasos vienen, los gringos y limeños se ponen fogosos con los calientitos y las caderas de las hijas de Papi. Los gringos anhelan a su madre patria, los peruanos el sueño americano. Y DJ Koki Flores, el viejo adolescente con manos de bajista retirado, invitado especial en La Cabaña, reproduce Don’t Change, su canción favorita, para anhelar también sus noches. Está en un estado de catarsis que William Faulkner, también gringo, lo describiría mejor: un estado “para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar”.

6. Aquí estuvieron y nunca se fueron

–Ian Curtis nació en La Oroya – para confirmar le escribí esto por Messenger, al día siguiente de la bomba.

– Scarleth, mi hija, es la que nació en La Oroya. Ian KURT en Huancayo – responde Koki Flores, mientras me espabilo de los humos de otra noche tan larga como la anterior.

– Gracias por la corrección – vuelvo a teclear. Y luego me adjunta un flyer sobre su presentación en el bar Yacana en el Centro de Lima, como DJ Koki Flores junto a DJ Doch, ambos por La Oroya, en un tributo a la música underground. Y de fondo, por supuesto, la fundición en tono vintage.

Desde entonces, he vuelto a hurgar esporádicamente el nido de Los Cuervos. La mayoría tiene hijos. Koki, después de enterarse de que iba a nacer Skarleth, ocupó sus energías en terminar de estudiar Sociología en la Universidad Nacional del Centro, pero cómo penetrar en los terrenos de Comte y Weber, si en tu patria lo más despreciado por los gobiernos era la comprensión del comportamiento humano. Entonces decidió retomar lo que mejor sabía hacer: escuchar música. Cogió al aliado perfecto para el acto más sublime y con el taxi alquilado recorrió la ciudad, se tiró una bomba con Stuka, luego el shock económico del 92, después la llegada de Ian Kurt(is), el adiós a Centromín y los créditos a nombre de los viejos, el rey de las fiestas infinitas en La Oroya se fue doblegando como el trigo de agosto en Huancayo.

Cuando quise hablar más a fondo con el décimo u onceavo de Los Cuervos me dijo lo que esperaba en el fondo de mí. “La verdad me causa risa esto, pero éramos un grupo de amigos. En estos momentos no estoy ya para esos trotes. Gracias”, respondió en un texto de WhatsApp. Los estudios señalan que los cuervos pueden vivir hasta los 40 años y son amoldables a todo. Pero el peso del tiempo, de la miasma de la vida y lo de lo que un día fue y no será, pone las barbas en remojo a cualquiera. Un día Koki me dijo que a los 35 años se empieza a vivir. ¿Y de qué vive Koki Flores?, le preguntaba esperanzado en obtener la cereza del pastel, una respuesta como esta: “¡De la música!” Pero la verdadera respuesta se quedaba en cada bomba que los acompañé, en esa zona en que el alcohol y la música se encargan de escamotear. Por ahí, el término “vendedor” o “comerciante” se cuela en mi libreta. Haga lo que haga, el único jefe al que rinde cuentas Jorge Flores Baldeón es a Koki Flores, el viejo adolescente, aquel que sobrevivió al covid y cuya vida underground hizo que hasta los chicos del synth pop donaran para sacarlo del respirador.

El último día que los vi en 2023, mientras hablábamos sobre la influencia de Los Cuervos, el menor de los Zegarra, la familia que fundó la banda oroyina Cleopatra, dijo que ser de donde somos es un motivo de respeto en cualquier lugar donde se escuche música. En Lima, en el Yacana o en cualquier lugar, sentarse o bailar con alguien que es de La Oroya significa culturizarse musicalmente, porque también no solo baila new wave o post punk, también zapatea su buen huayno, guapea su santiago y danza su tunantada, porque nuestros viejos y sus viejos, aquellos que no les importaba darte un dinero para mantener a tu familia y pudieras sentir que la vida comienza a los 35, nos han dejado ese gusto por la música que ellos compartían con arpa y violín con sus otros hermanos de socavón.

Ahora sé que no entendían todas las letras porque Koki y sus amigos pedían a los mormones norteamericanos de La Oroya que, después de tragarse la historia de Joseph Smith, les tradujesen esas letras mundanas. Era la música por la música. No era Manchester ni Morrisey, era lo que también les sucedía a los subterráneos de Lima, eran, como interpreta Fabiola Bazo en su libro Desborde Subterráneo, los únicos que entendían y no los que decían entender. Y algo más. Mientras los subterráneos se rebelaban contra un sistema en canciones como Tu ciudad (1985), Los Cuervos contemplaban una ciudad que les hacía mierda la sangre y los pulmones, pero sin renunciar al imperativo de vivir, more you live, more you love, y a

morir cada noche cada noche cada noche con el sol

cada día cada día cada día volver a nacer[4]….

 

 

 

[1] Se refiere a la canción Stop Me If You Think You've Heard This One Before.

[2] Trago hecho con la mezcla de alcohol de caña de azúcar, miel o azúcar quemada, y yerbas andinas seleccionadas. Debe tomarse obligadamente mientras esté caliente y puede combinarse con ron o pisco.

[3] El primer nombre ha escrito el poco circulado libro mimeografiado “A history of Cerro de Pasco” (1950). Mientras que el último nombre representa al más joven de los que allí yacen, prácticamente un bebé.

[4] Voz Propia, Los días y las sombras (1997).

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